20/05/2016

Valeria

Esa mañana en Guanajuato, ciudad de las ranas y del Cervantino, andaba escribiendo mi segunda novela y batallaba con un montón de ideas cursis que me habían impedido escribir más que seis miserables líneas en cuatro horas.  Estaba de un humor de perros y mi inspiración del momento, una chica con quien había tenido una aventura banal, no me animaba en lo más mínimo. Atorado y con ganas de matar al primer idiota que me sonriera, o de tirar la maldita computadora por la ventana. Pusé los Yeah Yeah Yeahs para animarme. No funcionó. Afuera de mi jaula, en la Calzada de Guadalupe, se estaba armando toda una fiesta: las cornetas de banda de guerra sonaban hasta hacer estallar las ventanas, los poderosos tambores rugían y los petardos y fuegos artificiales explotaban por todas partes.  La idea de que había gente festejando me contrariaba y alimentaba las ganas de masacre que brotaban en mi alma. ¿Estaba de tan mal humor porque me había despertado resfriado; porque el gimnasio estaba cerrado hoy; o porque había perdido media hora buscando en internet si Benedetti era o no era el autor del poema No te rindas? La noche anterior había leído las últimas 200 páginas de El miedo a los animales y cuando la terminé, a las tres de la mañana, tenía los ojos adoloridos y un sabor amargo en la boca por el final feliz.  En teoría, debía haber estado contento por el protagonista porque él era como yo: lleno de dudas, frustrado, incapaz de encontrar su papel en el mundo, etc. Pero no lo estaba. Más bien estaba enojado, como si el autor me hubiera traicionado personalmente.

Cerca de las dos de la tarde alguien tocó mi puerta; la interrupción repentina fue muy bienvenida. Era una chica americana de veintitantos años que había venido a ofrecerme una rebanada de pastel para celebrar el día de la Virgen de Guadalupe. Me pareció un poco raro que una completa desconocida me ofreciera pastel así nomás; a lo mejor la habían retado a subir a la segunda planta para darle una ofrenda al misterioso ogro güero que se pasaba todo los días encerrado en su minúsculo cuarto haciendo quien sabe qué… Empecé a hablarle un rato en el marco de la puerta. La noté muy nerviosa. Quizás se sentía incómoda por su pésimo nivel de español que le impedía expresarse (Para nada iba a cambiar al inglés aunque los dos sabíamos muy bien que yo lo hablaba; estamos en México ¡carajo!), o quizás habían alcanzado su delicada nariz los vapores «tóxicos» de mi habitación mal ventilada… ¿Quién sabe? Después de dos largos minutos me dejó tranquilo. Aunque el pastel era de ésos de baja calidad que son demasiado dulces me lo comí entero, luego salí a la calle a ver si la multitud que festejaba podía animarme y sacarme de mi letargo creativo.

La calle estaba explotando de vida. Me incorporé a la muchedumbre que subía hasta el templo y empecé a relajarme un poco. Escuché las bandas de marcha compuestas de adolescentes, adultos, y niños tocar sus himnos sin tregua; vi a los peregrinos cargando grandes réplicas floreadas de la Virgen sobre sus hombros; y olí todas las variedades de comida ofrecida en pequeños puestos en fila por ambos lados de la calle adoquinada. ¿Cómo hubiera podido quedarme con mi amargura delante de semejante espectáculo?  Una de las cosas que me hizo mas gracia fue ver a todos esos niños disfrazados: las niñas vestían una túnica rosa y, por encima, un manto verde adornado con estrellas; los niños, ellos, un traje de San Juan Diego y un bigote pintado. El momento preciso cuando se esfumó mi mal humor fue cuando vi a un bebé de seis meses a quien le habían pintado un bigote y unas patillas impresionantes; el poder ver a un recién nacido en pañal maquillado como un indio barbudo era demasiado chistoso como para no reírme. Temporalmente, había vuelto a amistarme con la vida.  Me senté al lado de un vendedor de churros, disfruté del sol recién salido, y examiné a las personas esperando su turno para entrar al templo. Luego, armado con mi rejuvenecida buena actitud,  regresé a mi celda para tratar de escribir; el intento fue en vano. Seguí igual de atorado. Ni modo.

Cuatro o cinco horas más tarde salí de la casa para ir a cenar. Había caído la noche y la gente seguía hormigueando por todas partes. En vez de ir a mi habitual Nevería y Lonchería Los Rosales decidí comer en la calle como los demás; tenía curiosidad de descubrir nuevos sabores.  Mi primera elección fue un puesto donde se vendían «papas a la francesa» cubiertas de un surtido de cuatro condimentos que se parecía a una mezcla de patatas bravas (que por primera vez había probado en Barcelona tres meses antes) con la mayor contribución quebequense al mundo culinario: la poutine. Distraído por el ambiente carnavalesco, el vendedor me sacó abruptamente de mis pensamientos con un fuerte y amigable «¿Qué le pongo güero?»  «Todo.»  Luego me reí porque después de todos mis viajes a México, nunca había podido acostumbrarme a ese reflejo que tenía la gente, aun los desconocidos,  de llamarme con ese epíteto inofensivo…y en mi caso, correcto. Tomé mis papas y caminé en medio de la calle cuesta arriba hacia el templo. En el camino me compré una bolsa de caña de azúcar. Al dar las gracias a la vendedora ella me contestó con un cariñoso «De nada mijito». Definitivamente esa noche la gente se había puesto de acuerdo en hacer todo lo posible para alegrarme la vida. Seguí subiendo escupiendo fibra de caña masticada por todos lados sintiéndome un verdadero mexicano. La plaza en frente del templo estaba aún más llena que cuando había venido en la tarde. En una esquina, cerca de un gran escenario donde una banda tocaba cumbia, unos adolescentes trataban de trepar un palo ensebado mientras los peregrinos, con sus ofrendas, seguían entrando y saliendo del templo.  Desde la tarde me había entrado la curiosidad de averiguar dónde la gente depositaba todas las verduras, las frutas y los dulces que llevaban en sus canastas y cajas. Con la enorme cantidad de personas que había pasado al templo,  ¡ese debía de estar lleno hasta el techo con comida!

Entré al templo y me senté al lado de un anciano.  Personas de todas clases sociales y  de todas las edades llegaban humildemente para persignarse en silencio y entregar sus víveres. Vi a un pequeño hombre viejo y flaco, vestido como vaquero, llevar tres enormes cajas de huevos en su hombro; a varios niños cargando sus ofrendas a cuestas; a jóvenes de aspecto pandillero con canastas llenas; a una mujer avanzando de rodillas hacia el altar con un gran ramo de flores; a parejas paradas en silencio; vi a un pueblo unido.  Una mujer acompañada de su hijo adolescente, los dos vestidos de una manera sobria y elegante, se paro a mi lado; la mano izquierda del joven reposaba tiernamente sobre el hombro de su madre. Se quedaron ahí en silencio, como mi vecino anciano y yo. Después de múltiples persignaciones cada uno, la madre cogió la mano izquierda de su hijo con su mano derecha y, con las cuatro palmas hacia arriba y los ojos cerrados, rezaron. Me dieron ganas de llorar. ¿Era la Virgen de Guadalupe tratando de ablandar el corazón de este ateo? ¿Era la emoción de ser testigo de tanta generosidad?  No sé, pero creo que en ese instante me di cuenta de que me hubiera gustado venir de un pueblo similar: solidario y cercano a sus tradiciones. Me puse a pensar en mi propio pueblo, un pueblo indudablemente rico, pero pobre en su espíritu; un pueblo triste y frío que deja su cultura morir en la indiferencia. Sentí una mezcla de pena, de vergüenza y de cólera.  Dejé al anciano en su lugar y me acerqué al altar. Cerré los ojos e incliné la cabeza; el mundo a mi alrededor se quedo fijo durante unos instantes. Cuando abrí los ojos seguí a los demás que salían por una puerta ubicada atrás del altar. Encontré un camino que llegaba a un jardín interior de tipo colonial donde algunos voluntarios ordenaban alimentos.  El pasillo alrededor del jardín contaba con enormes pilas de zanahorias, rábanos, mandarinas, manzanas, plátanos, tomates, cebollas, etc.; en el césped del jardín, organizados en hileras bien delimitadas, reposaban centenas de huevos en pequeñas bolsas de más o menos doce unidades. Justo cuando me preparaba para sacar una foto, una niña de aproximadamente siete años, con dos coletas y una enorme sonrisa,  me agarró por el brazo.

–Yo te conozco –me dijo.

–¿Ah sí? –le contesté tratando de esconder la confusión detrás de mi sonrisa.

–¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? –preguntó entusiasmada.

–Me llamo Max, soy de Canadá. ¿Sabes dónde está Canadá?

Me sentía un poco incómodo de hablarle porque podía ver, por el rabillo del ojo, a una vieja monja de aspecto severo que  parecía espiar nuestra conversación. Del otro lado, a sólo tres metros, un guardia aburrido estaba sentado en una silla. Cuánto tiempo iba a durar nuestra conversación antes de que uno de ellos empezara a desconfiar del güero altote que hablaba con una niña local.

–Sí, sé donde está –dijo la carismática joven.

–Y tú, ¿cómo te llamas?

–Valeria.

Fue entonces cuando me di cuenta de que ya la conocía. ¡Era la hija de la mujer de la repostería donde iba casi cada día a comprar mis postres! Todo el misterio del encuentro inusitado se aclaró y pude relajarme un poco.

–¡Ah sí!, yo también te conozco, ¡eres Valeria de la repostería! ¿Cómo estás?

–Bien –me contestó con otra sonrisa enorme.

En ese momento la vieja religiosa seca que nos vigilaba interrumpió nuestro encuentro y le pidió a la pequeña que fuera al cuarto a terminar su trabajo.  Ella obedeció al pingüino que no parecía querer jugar y se despidió de mí con un «Adiós».

–Adiós, Valeria.

Al salir de la iglesia, la muchedumbre reunida en la plaza empezó a dar fuertes aplausos: un chico con torso desnudo finalmente le había ganado al palo encebado y, bien instalado en una especie de canasta encima, se divertía a animar a la gente y a tirar los regalos que los organizadores habían puesto ahí.  Dirigí mi atención hacia el escenario donde Los Rams seguían tocando sus cumbias enérgicas para una cincuentena de parejas jóvenes que bailaban y cantaban alegremente. Me quedé ahí durante media hora y luego regresé a casa.

Cuando me acosté en la cama esa noche, me sentía bien.