Nací en una pequeña casa de madera ubicada al final de un camino rural. Nuestro camino estaba perdido entre dos montañas, modestas en tamaño, pero ricas en cultivos de manzanas y en cabañas de azúcar. El vecino de la izquierda era un granjero que cuidaba sus vacas lecheras y sus enormes campos de maíz; el de la derecha vivía tan lejos que no se podía alcanzar a ver su casa ni era posible llamarlo sin deber pagar gastos de llamada larga distancia.  Cuando estaba demasiado silencioso mamá se preocupaba y venía a despertarme (sólo para estar segura…); era anormal que un bebé durmiera tanto tiempo y que nunca llorara. Creo que ya debía de estar ocupado con mi pasatiempo preferido: el ensueño.

Más grande, pero antes de haber empezado la escuela, tenía la costumbre de apoyar mis codos en el marco de la ventana y de fijar el horizonte durante largos ratos, pensando en qué sé yo y con mis grandes cachetes descansando en las palmas de mis manos. Nuestro gato, Negrito, solía hacer como yo pero en el marco de otra ventana. Aprovechaba el calor del sol con los ojos medio cerrados y su cuerpo hecho bola.

Cuando tenía alrededor de seis años de edad utilizaba mi mayor independencia para saltar nuestra cerca para ir a caminar solo en los campos y tratar de llegar lo más lejos; el objetivo secreto era llegar hasta el final de ellos y, si era posible, alcanzar la montaña. Cuando los tallos de maíz estaban maduros, y me doblaban en altura, no iba muy lejos porque rápidamente perdía de vista la casa y el miedo me invadía. No obstante, al final del verano, cuando los tallos habían sido cortados, o en invierno, cuando los campos se transformaban en un océano de hielo y nieve, podía alejarme mucho más, pero ya que la casa se veía tan pequeña que no podía escuchar la voz de mi madre llamándome, o percibir su brazo saludándome, el miedo volvía a apoderarse de mí y hacía marcha atrás: contento con mi aventura, pero siempre un poco decepcionado de no haber podido ir más lejos.

A parte de caminar en los campos me divertía trepar el olmo que teníamos en el fondo del patio trasero y, como mi animal preferido, el puma, me perchaba muy, muy arriba y ahí me quedaba largos momentos. También me encantaba hacer estrellas en el pasto, o en la nieve, y sentir la hierba sobre mi piel o una nieve ligera abrazar la forma de mi cuerpo.  Acostado así me gustaba mirar al cielo y jugar al juego de soñar despierto. No debía ser tan malo en ese juego porque algún día una persona del más famoso programa de televisión para niños de mi país, el Invierno, me pidió que le contara delante de una cámara dos sueños que había tenido; ¡mis amigos se rieron mucho cuando me vieron en la pantalla!

En la Escuela de la Amistad, durante las clases de catecismo, la profesora me dejaba solo en el pasillo con unas hojas blancas y lápices de color y cerraba la puerta. Entonces, mientras mis amigos escuchaban las historias del pequeño Jesús, las que mamá había prohibido a la profesora contarme, yo dibujaba en el piso porque no me daban ni silla ni pupitre. En casa papá fumaba su extraña pipa de cristal que hacía burbujas y nos enseñaba, a mi hermano menor y a mí, su gran libro del espacio con sus lindas y coloridas fotos de estrellas.  Escuchando su disco de vinilo preferido  (ése con un triángulo suspendido en lo negro y con la luz de un arco iris en el centro) nos explicaba que la tierra no era nada más que una pequeña bola que flotaba en el universo.

Un día, antes de los nopales de México, antes de las mujeres, antes de la palabra absurdo, y mucho tiempo antes de saber todo lo que yo no iba a ser, nuestra familia se mudó de nuestra pequeña casa de madera para irse hacia nuevos horizontes, hacia nuevas historias. Abandoné mis dos montañas pero no las olvidé.  Esto es una colección de mis historias: esas pequeñas joyas encontradas y acumuladas muy lejos de los campos de maíz, de las montañas y de los cielos del lindo pequeño valle donde nací.